Los malos

Vienen los malos

En la calle y el consultorio, advierte el autor, sobrevino esa frase como un mantra que repite el dilema entre un puerto aspiracional y una extensión interior que sirve a ese puerto y pide ver algo de lo que nunca podrá participar.

En el seno de la convivencia cotidiana hay reflejos del comportamiento social que repiten hasta el hartazgo el punto dilemático que no termina de resolver el gran conflicto que nos divide desde el origen entre un puerto aspiracional –que busca emular y ser una prolongación de la gran metrópoli europea– y un extensión interior que sirve al puerto y que, a sus espaldas, se entretiene pidiendo que lo dejen ver algo de aquello que obnubila a los porteños pero de lo que no participarán jamás, ya que de eso depende el privilegio de la orilla, el privilegio de frontera, que solo es la posibilidad de llegar primeros al paraíso del destierro mítico. Así, los porteños reduplican hacia adentro lo que padecen hacia afuera. La superficie simbólica que se recorre es siempre la misma, nuestra propia banda de Moebius.

Entre esos reflejos, posteriores al resultado eleccionario del 11 de agosto, se escucha reiteradamente, en la calle y en el consultorio, el mantra de la tristeza orillera, resumido en la frase “vuelven los malos”.

¿Quiénes son “los malos”?

Los malos, los de siempre, los que nos golpean en la espalda para recordarnos sobre cuál respaldo se apoyan esas aspiraciones melancólicas, sobre qué sostén se estructura el esqueleto de nuestro decorado funcional, el escenario de nuestro espejismo constante. Los malos son esos que dan saltitos para tratar de ver adonde miran los que miran afuera, los “porteños” puestos en el lugar de quién vigila “la puerta” -no necesariamente alguien que vive en la ciudad de Buenos Aires. Porteños que vigilan la entrada –pareciera– pero sobre todo vigilan la salida. Porteños serán los que están y estarán siempre “de salida” y así se reservan el derecho de ser los primeros. Vigilan, también, que nadie les arrebate el sueño del retorno. “Los malos”, por el contrario, son esos que amenazan, a nuestras espaldas, con hundirnos tierra adentro, condenándonos al rodeo eterno de las tradiciones de un desierto sin palacios ni cortes ni ríos mágicos bordeados por casas señoriales y prolijos jardines. Un desierto llano y verde sin un árbol, sin un alma, gigantesco y habitado por seres y espíritus en pena que andan envueltos en pieles crudas y enredos de boleadoras. El espanto de darnos vuelta y adentrarnos en ese infierno de la nada sin promesa y sin esperanza hace a la grieta que los porteños supieron construir como la fosa de su castillo, los cocodrilos de su existencia, el puente levadizo que no bajará jamás, o apenas lo necesario para extraer de sus espaldas las materias con las que seguir construyendo y sosteniendo la ilusión de un privilegio que solo nos necesita para enviar el diezmo caro de nuestra razón de existir, los cueros, las lanas, la soja y el oro que esos, los malos, están condenados a producir y a extraer. Y entonces, ellos, “los malos” volverán a tocarnos la espalda, a golpearla también, para que les demos un lugar en la panorámica de la nostalgia incierta, de la primera fila a la espera de una devolución, de una mirada redentora que nos rescate del injusto destierro en el que nadie nos puso.

Los malo(ne)s se vienen

Entonces se viene el malón, a desbordar las fronteras, a saltar sobre los hombros de esos orilleros del privilegio que solo buscan asegurarse gozar de la primera fila de largada. Largada, sí. Largarse, de aquí, para siempre. No haber venido nunca, ni siquiera habiendo nacido aquí. ¿Quién nos trajo? Porque entre los malos tampoco hay una mirada hacia “adentro”. Solos y expropiados de una mirada propia, quieren no ser excluidos de la panorámica porteña, que a su vez es la visual con la que son vistos e inventados desde ese supuesto “afuera” que está siempre en la misma superficie, la del inconciente. Pero los porteños no lo registran, creen que son ellos los que miran, y siempre han sido mirados desde el lugar que nos condena a la lana, a los cueros, a la soja, a la peonada y al patrón de estancia y al ferrocarril inglés destruido por el estado. Y se viene y seguirá viniéndose el malón para llegar al puerto y arrebatarles a los porteños el sueño de “los únicos” a los que se les reserva la reparación histórica de una injusticia de origen, la del destierro. Esa reparación que solo con un pasaporte “comunitario” podría ser resuelto. Al final, “los malos” y “los otros” (¿los buenos?) coinciden en eso, en lo aspiracional: rajarse de ese desierto verde que solo se piensa a sí mismo como “la teta del mundo”. El malón, entonces retorna una y otra vez, y así, en una paradoja dialéctica, se construye la aspiración y la amenaza que nos une negativamente en una juntura en tensión, la grieta irresoluble que se unifica en el deseo de rajar, de irnos lejos, de huir de aquí. Se vienen los malos, se viene el malón, fantasmática de la devoración alimenticia que nos disuelve y nos asimila para robarnos todo, para sacarnos y chuparnos hasta morir, la gran vaca que pastorea multiplicada sin esfuerzo alguno, vergel paradisíaco que nos condena a vastedad, a la exuberancia de lo infinito, de lo interminable: ¿cuándo se agotarán los recursos de un país, de una tierra –mejor dicho– que pareciera no agotarse nunca? ¿Cuánta leche deberemos tomarnos hasta terminar con todo?

Se viene el malón, otra vez, el malo que nos define como buenos, como “giles” siempre sufridos, siempre atacados, siempre a punto de ser violados y abusados en nuestra inocencia republicana de exilio, en nuestro civismo de pacotilla y de cotillón. Y ese malo(n) es el peronismo, la salvajada que nos recuerda que la tierra adentro también quiere las joyas, los oropeles, los castillos, las cortes, los jardines al borde de esos ríos civilizados, breves, visibles de otra orilla, al alcance de un puente de estilo y de cuento. Los “tierra adentro” a los que les han contado el cuento de que esos orilleros del otro lado de la grieta siempre están a salvo porque están de espaldas, viven de espaldas, a la tierra, al río. No quieren saber, y por eso están a salvo. Y solo son una buena banda de negadores. Y hasta se han dado un diario: La N(eg)acion.

La civilización del goce

Entonces, si del goce nos enteramos a través de esa cadena de significantes que constituye un saber, hablamos porque hablando damos testimonio de una vida que más o menos puede llamarse vida, aun sin saber exactamente de qué va la nuestra, es decir, de todo lo que decimos en donde suena la nuestra, en qué sitio de ese goce inconsciente resuena algo de lo que nos causa a vivir.

El problema es que esa conquista, la de un saber acerca del goce, que constituye una verdad particular acerca del vivir, se logra llevando ese goce a cierta pérdida. Es la pérdida necesaria para dar cuenta de su existencia, y de la nuestra en verdad. Sabemos que existimos porque no somos una planta inmovilizada en el goce de ser.

Precisamente lo que el capitalismo no tolera es esa pérdida, proponiendo la recuperación absoluta de un paraíso que no está perdido salvo, claro está, por la condición humana en sí misma. El capitalismo se “afina” en los procesos que conducen, precisamente, a la eliminación de lo humano como un error de su sistema. Es como si nos propusieran desaparecer como humanos como condición para gozar de forma absoluta, sin enterarnos siquiera de estar vivos. El retorno a la “vegetalidad”, si es que alguna vez lo fuimos.

Esta podría ser denominada “la civilización del goce”. Por lo que se produce una disputa por quien lo detenta, ya que el retorno a la vegetalidad –tomado como un retorno al paraíso perdido– es idealizada como la felicidad de la que jamás podremos enterarnos, tal como la muerte.

Volviendo a la grieta, entonces, en la civilización del goce la grieta se cierra por quien detenta el goce absoluto, haciéndolo objeto de apropiación. Así, los cuerpos son expropiados del goce, absorbidos en un plus acumulado y detentado por el sistema en sí, creando acumulaciones bestiales propensas al estallido como salida necesaria para la sostenibilidad del sistema, un goce del que nadie se entera porque es un goce sin pérdida, es decir, un goce que deja como resto a la humanidad, arrojada a la basura.

Se vienen los malos, o se viene el malón, no es otra cosa que el eterno retorno del estallido que promete la eterna reimplantación del experimento liberal o su versión aggiornada, el neoliberalismo. Lo hará siempre arrasando con todo resto de la humanidad, buscando el exterminio de los expoliados, los chupados, los absorbidos, los que se han quedado sin vida, que, al fin y al cabo, con mayor o menos comodidad, son absolutamente todos. En la civilización del goce, lo único que queda son los archivos de lo que alguna vez “fue”, sin ninguna voz que refresque esa historia. A diferencia del discurso capitalista (falso), el discurso analítico sale del binarismo del “adentro-afuera” y transforma la melancolía del destierro lógico de ese discurso (quien está afuera padecerá en la puerta –será “porteño”– la espera kafkiana del permiso para pasar sin enterarse jamás que del otro lado de la puerta se recorre la misma superficie reduplicada, es decir, habrá otro que, respecto de la puerta, espera para pasar del lado de quien también espera). La puerta solo está para que las esperanzas no se encuentren. Jamás.

El discurso analítico inaugura la periferia(1), el lugar habitable en el que el centro vacío nos desata de la sensación del destierro y de la espera, y del desierto y de la puerta con custodia, nos desata del “porteño-portero kafkiano. Nos hace salir de la melancolía. Nos deja en una periferia habitable. Nos protege un centro por el que ya no hay necesidad de correr a ocupar. Un alivio.

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